“Necesito un plan de la A a la Z”.

Eso me dijo Natalia en una videollamada por Zoom mientras hablábamos de su idea de negocio: crear una marca de T-shirts y papelería cristiana junto a su mejor amiga.

Ambas son diseñadoras, así que ideas de logo, paletas de color y estilos visuales tienen de sobra. Sin embargo, hubo dos frases que se me quedaron resonando en la cabeza.

  1. La primera fue: “Necesito un plan de la A a la Z”.
  2. La segunda: “Sabemos que podemos hablar de cosas por las que nos pueden funar”.

Ouch…

Me quedé en silencio unos segundos. Mientras la escuchaba, sentí cómo se abría un aha moment enorme en mi cabeza.

No estaban en esa llamada porque realmente necesitaran un plan.

Ellas estaban del otro lado de la pantalla buscando seguridad y control.

Dos cosas que pesan cuando la idea de crear un negocio deja de sentirse como un experimento y comienza a sentirse como una decisión importante. Especialmente después de los 30.

Por qué empezar un negocio después de los 30 se siente diferente

Honestamente, nunca he leído algo científico sobre esto. Sin embargo, al mirar en retrospectiva procesos de clientes, sí he notado diferencias claras, incluso conmigo misma.

Cuando estás en tus 20, hay mucho impulso. No existe tanto miedo a perder o a fallar. Hay más curiosidad que evaluación.

En los 30 aparecen otras capas: las expectativas propias, las comparaciones con quienes “ya lo lograron”, las metas que sentimos que “deberíamos” haber alcanzado. Todo eso cambia la manera en que nos acercamos a una idea.

En lugar de explorarla, empezamos a evaluarla.

En lugar de jugar con ella, empezamos a juzgarla.

Y muchas ideas se quedan ahí: en el molesto escrutinio de las probabilidades de éxito, antes de siquiera nacer.

De ahí nace esta guía.

Empezar sin permiso: Una guía de 7 modelos de pensamiento para crear tu primer negocio de productos físicos, antes de sentirte lista.

Tómalo como un reto dividido en 7 maneras diferentes de tomar acción, pero eso sí, hazlo como lo harías si tuvieras veinte: sin juicios, sin temor a perder, con curiosidad y con muchas ganas de explorar.

Pd. (Abajo te dejo un ejercicio para jugar a eso).

Recuerda esto: no importa qué tan bonita o prometedora sea una idea.
Si empiezas evaluándola desde el principio, probablemente nunca llegue a existir.

Tu primer paso no es ejecutar la idea

El primer paso es fortalecer tu seguridad interior.

Si te sientes como Nati y su mejor amiga, es porque tú también necesitas aprender a tomar acción de una forma en la que no te sientas completamente expuesta.

Que cada pequeño paso funcione como un ladrillo más en un muro de contención que te ayude a gestionar algo muy humano: nuestra baja tolerancia a la incertidumbre.

Cuando decimos que necesitamos un plan, muchas veces lo que realmente buscamos es sentir que tenemos el control. 

Y cuando tememos incomodar a alguien, por nuestros puntos de vista, es porque todavía no hemos encontrado una forma de sostenerlos sin sentirnos expuestos.

La buena noticia es que existen estrategias para eso: psicológicas y creativas.

Hoy vamos a enfocarnos en una de las más simples y poderosas.

Idear. Solo idear. Y hacerlo con convicción.

Porque si algo valioso me quedó de crear mi primer negocio, es que las ideas que realmente encuentran gasolina para empezar  no nacen con un plan, nacen de un punto de vista.

El problema es que la mayoría de las personas intenta empezar una idea sin tener un punto de vista que le dé seguridad para hacerlo.

Calma, ya te cuento cómo se ve esto en la vida real.

Mi primer negocio empezó con una pregunta

Cuando era estudiante universitaria soñaba con independizarme, generar mis propios ingresos y poder ayudar a mis papás. Pero en ese momento las oportunidades parecían reservadas para quienes ya habían terminado la carrera o tenían una red de contactos.

Las reglas parecían claras: primero estudias, luego trabajas.

Hasta que apareció una pregunta muy simple:

“¿Y si creamos nuestro propio negocio?”

Esa conversación, en medio de una rutina de clases, terminó llevándome a abrir mi primer negocio físico junto a una amiga: una heladería–café para estudiantes.

No teníamos experiencia, ni dinero, ni logo, ni un plan detallado. Pero sí teníamos algo mucho más importante: la decisión de empezar con lo que teníamos.

(Juventud, supongo, y cero miedo a perder el tiempo JAJA).

En ese proceso aprendí algo que ninguna clase universitaria me había enseñado: las ideas que encuentran gasolina para iniciarse casi siempre vienen acompañadas de un punto de vista o una hipótesis.

Tener una hipótesis o un punto de vista sobre tu idea es lo que la llena de convicción. Es la razón lógica o circunstancial que le das a tu cerebro para creer que tu idea podría funcionar.

En nuestro caso, ese punto de partida era que mi amiga conocía bastante bien el modelo de negocio porque había trabajado muy de cerca con un fundador del rubro. Sabía cuáles eran los requisitos mínimos para iniciar.

Idea + Hipótesis (o POV) = Convicción para iniciar

Además, ambas éramos estudiantes de publicidad, así que el deseo de aplicar en el mundo real lo que estábamos aprendiendo hizo que nuestra seguridad en la idea creciera rápidamente.

Y aquí hay algo importante: puede que no tengas todas las respuestas, ni experiencia al respecto, pero si dentro de ti existe una convicción —aunque sea pequeña— entonces ya tienes un punto de partida.

Esa convicción es lo que te permite comprometerte con algo que aún no está completamente claro.

Creer en tu idea es, en cierto sentido, el paso 0.5 para empezar, incluso cuando todavía no tienes un plan.

Una pregunta que desbloquea muchas ideas

Puede que al principio quieras creer en tu idea, pero al mismo tiempo sentir que es demasiado grande o imposible. Especialmente cuando la comparas con lo que crees que debería ser emprender después de los 30.

Cuando me pasa eso, hay una pregunta que siempre me ayuda a empezar:

Si no existieran juicios ni estándares preconcebidos, si no tuviera que demostrarle nada a nadie ni cumplir ningún tiempo, y si no tuviera que hacerlo como lo está haciendo la gente de mi edad… ¿cuál sería mi mínimo indispensable para empezar?

Cuando encuentras esa versión mínima, algo cambia. La idea deja de sentirse gigantesca y empieza a sentirse exploratoria.

Y en ese momento lo único que necesitas hacer es seguir alimentando la curiosidad.

Idear es hacer preguntas hasta encontrar convicción

En esa época, cada viaje en autobús camino a la universidad se convertía en nuestro espacio para idear.

No tomábamos decisiones definitivas. Solo hacíamos preguntas.

Preguntas grandes como:

Y preguntas más pequeñas, tipo:

Anotábamos todo lo que aparecía.

Sin juzgar. Sin descartar ideas demasiado rápido. 

En esta etapa, cada idea es simplemente una carta más en el mazo de posibilidades.

Entonces…

¿Cómo empezar a darle forma a tu idea de negocio si todavía no tienes un plan perfecto?

Encontrando puntos de vista o hipótesis que le den convicción a tu idea.

Para eso uso un ejercicio muy simple que llamo: 8 minutos: 8 posibilidades para empezar.

Reto: 8 minutos — 8 posibilidades para empezar

Necesitas:

Paso a paso:

  1. Divide la hoja en 8 partes iguales: dobla la hoja tres veces a la mitad para crear ocho espacios.
  2. En cada espacio escribe primero:
    • ¿Qué creo que me está impidiendo empezar?

(Puede ser: no tener un plan, miedo a exponer mi opinión, miedo a equivocarme, etc.)

  1. Dándote 1 minuto de tiempo por cada cuadro, en cada uno responde:
    • ¿Qué podría hacer hoy con lo que sí está dentro de mi control?
    • ¿Cuál sería la versión 1% de esta idea?

Repite el proceso hasta completar los ocho espacios.

Al final tendrás ocho pequeños puntos de vista desde los cuales puedes empezar a mover tu idea.

Y eso es todo lo que necesitas en esta etapa: suficiente convicción para dar el primer paso.

Después haz algo simple pero muy poderoso: crear un tablero en Pinterest con imágenes que representen los puntos de vista de tu idea.

Imprime algunas de esas imágenes y arma tu propio vision board de negocio. Visualizar algo ayuda a tu mente a sostener la atención en lo que es importante para ti, y a conectar más rápido con las posibilidades de tu entorno (activas tu sistema reticular y lo pones a favor de tu idea).

Porque las ideas no empiezan cuando tienes todas las respuestas.

Empiezan cuando tienes un punto de vista lo suficientemente fuerte como para actuar.

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